[Infomoc]La sumisión no es mi credo Por Serafín FANJUL
Mikel
mkl en jet.es
Dom Oct 21 14:11:40 CEST 2001
La sumisión no es mi credo
Por Serafín FANJUL
Hubo un tiempo en que los europeos estaban prestos a inmolarse y a matar en
nombre de Dios; reconquistaron para la cristiandad durante dos siglos parte
del Oriente Medio antes conquistado por el islam. Unos y otros se movían
con la lógica de la fuerza y enjuiciarlos hoy con criterios sólo morales
carece de utilidad: ni condenarlos, ni ensalzarlos, conformémonos con
intentar entenderlos; y entender que si esas concepciones valieron en la
Edad Media, después del Renacimiento y la Ilustración, a nosotros ya no nos
sirven. Pero el problema reside en que la otra parte no ha vivido procesos
paralelos de modernización, de cambio ideológico, apertura y evolución
interna que alumbraran una forma de vida más tolerante con las
discrepancias, permisiva y lúcida, una sociedad que no obligue a gentes
como el profesor Nasr Abu Zeid y su esposa a vivir refugiados en Holanda,
porque en su país (Egipto) corren riesgo cierto de asesinato (y, cuando
menos, de divorcio forzado) al ser declarado apóstata el marido por el gran
jeque de al-Azhar.
Por oportunismo político, en estas fechas suele repetirse mucho que el
islam es tolerancia, amor, comprensión, etc., por personas que no podrían
agregar una palabra más a estas vaguedades abstractas. La realidad
histórica es que el heterogéneo magma inicial del islam cristalizó a
mediados del siglo IX con el triunfo de la corriente sunní, que aplastó
siempre que pudo a las demás y, con especial ahínco, los moderados intentos
racionalistas. En la historia lejana, islam y cristianismo andan parejos,
si bien uno -por la feliz separación entre Iglesia y Estado- pudo culminar
su propio acceso a la libertad, en tanto el otro mantuvo la confusión
permanente de los dos conceptos, cruce visible en las constituciones y
códigos civiles y penales de los países árabes, pero, especialmente, en la
presión abrumadora de la comunidad sobre el individuo, eterno sometido
(islam, en árabe, significa «sumisión») a los mandatos de los intérpretes
de los designios divinos, por supuesto infalibles.
Si hay un diferendo entre ellos y nosotros, por descontado, toda la culpa
recae sobre nuestras cabezas, por acontecimientos actuales o del pasado,
exentos ellos de responsabilidad ninguna en cuanto de malo les sucede y
reducido el panorama a un estallido de invectivas contra el colonialismo
-que existió y no fue suave-, pero que nunca indujo ni forzó a concepciones
o prácticas sociales imposibles de defender en el escueto plano de los
derechos humanos. Y no sólo entre los talibán o sus antecesores. Ninguna
potencia colonial obligó a mantener el velo, ni el derecho islámico (más
bien paliaron sus efectos), ni promovió la poligamia, ni la esclavitud
(abolida hace muy pocos años en no pocos países musulmanes y subsistente,
encubierta, en ellos), ni la ablación de las niñas (que no es una práctica
islámica en origen, pero sí defendida a capa y espada por autoridades
religiosas, por ejemplo en Egipto), ni la rígida separación de los sexos,
ni la actitud perenne de desconfianza hacia las comunidades no musulmanas y
los extranjeros.
Y una vez concluida la etapa colonial, las antiguas metrópolis tampoco son
responsables de que la cerrazón y el pietismo sean ahora más impenetrables
y herméticos que en sus tiempos, o de que obras árabes que entonces
aparecieron sin dificultad hoy día sufran el calvario de la censura (hasta
las Mil y Una Noches), amenazados y asesinados escritores y traductores.
Como tampoco parece culpa exclusiva de «Occidente» el destino que dan a sus
dineros los árabes ricos y cuya existencia desmiente la falacia, para
consumo de jóvenes antiglobalizadores, de achacar los atentados del 11 de
setiembre a la pobreza: no se entiende por qué Arabia Saudí, Kuwait,
Emiratos Árabes, Libia, Argelia (y antes Iraq) no destinan sus ingentes
ingresos del petróleo al desarrollo económico de sus hermanos, en vez de
invertir en armas, especulación financiera en «Occidente» y masiva
propaganda religiosa en el Tercer Mundo.
El relativismo cultural, útil burladero por el que se pretende escamotear
cualquier responsabilidad o necesidad de cambios, se da la mano con las más
burdas versiones de lo políticamente correcto y basándose en obviedades
como que todos los hombres y culturas, en principio, merecen respeto -por
cierto, concepto netamente occidental, como parece olvidarse- se intenta
abortar la más mínima crítica a la sociedad islámica, incluso tras el 11 de
setiembre; en tanto la nuestra es pasto continuo de los asaltos propios y
ajenos. No se pueden comparar elementos culturales sueltos, pero sí
culturas en su conjunto, en especial en cuanto a sus resultados tangibles,
a las formas de vida alcanzadas por una u otra vía.
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