[Infomoc]Susan Sontag Por Rafael Sánchez Ferlosio

Mikel mkl en jet.es
Jue Nov 1 00:11:33 CET 2001


Susan Sontag
Por Rafael Sánchez Ferlosio
NO ha gustado en Norteamérica que la inteligencia de Susan Sontag no se 
descuide ni con tópicos al uso, como esa sucia jerga de «los valores» 
-comodín omnivalente-, sacando a la valentía de la moral: «virtud 
moralmente neutra», dice, lo cual implica tácitamente relegarla a las 
capacidades meramente instrumentales, al lado de la fuerza. Respecto de 
ésta, dice: ««Nuestro país es fuerte» nos repiten, cosa que al menos yo no 
veo tan plenamente confortante. ¿Quién puede dudar de que Estados Unidos es 
fuerte? Pero eso no es todo lo que tendría que ser». No obstante, el 
general retirado William G. Odon, a la pregunta de hasta dónde están 
dispuestos a llegar los EE.UU. con su respuesta, dice: «Hasta donde haga 
falta. Los terroristas y los que los ayudan han infravalorado nuestro poder 
y ahora van a saborear las consecuencias de tal atrevimiento», donde se ve 
cómo para él el agravio se ha desplazado de las muertes violentas 
producidas por el atentado para centrarse en la ofensa inferida al poder de 
la nación que ha osado desafiar; la ironía de fingir considerar como un 
error de los terroristas el no haber medido bien la magnitud del poder que 
ponían a prueba, que remata en la cláusula del «saborear», es la salida de 
un Maciste que, remangándose, espeta: «Ahora te vas a enterar de quién soy 
yo». Y aquí se advierte el componente de gratuidad del afán por la fuerza, 
tan ostensible en los norteamericanos. No se diría sino que el incesante 
incremento de la fuerza se hubiese desmandado de cualquier criterio de 
proporcionalidad con previsiones, incluso exageradas, de eventual necesidad 
y, en un proceso de autorrealimentación positiva, hubiese acabado en 
redundante necesidad de fuerza por la fuerza misma. En este olímpico nivel 
de gratuidad, el significado de la fuerza no puede ser ya más que 
demostrativo, ostentatorio, complaciéndose en prodigios tecnológicos, como 
ese superbombardero de a 36.000 millones de pesetas, o sea, 200 millones de 
dólares la pieza (y no entro aquí en si la producción de armamento es 
también una forma de «creación de riqueza», pues aun más que la sacra auri 
fames me espanta la soberbia de la fuerza, que puede hacer a esa nación tan 
peligrosa como Carlos Fuentes estima que es su presidente actual). En eso 
viene a ponerse, por lo visto, el precio del B1 Spirit, versión 
perfeccionada del B2 Stealthy, cuya experimentación «en combate real» fue 
el 4º de los fines oficialmente declarados de la operación de Panamá, con 
el bombardeo del Barrio del Chorrillo, que -remedando al obispo de Beziers 
en la Cruzada contra los Albigenses: «Matadlos a todos, Dios conocerá a los 
suyos»- intentaba cazar allí a Noriega y dejó un número de muertos estimado 
(nunca se hizo un cómputo preciso) como en un tercio de los que se 
produjeron en el derrumbamiento de los dos rascacielos iguales de New York.
El glamour del bombardeo que, a mi entender, suscita lo que Sontag designa 
crudamente como «la lujuria que la opinión pública siente por los 
bombardeos en masa» consiste en su fisonomía de materialización sensible de 
representaciones figuradas del tipo de «machacar al enemigo»; dota a tales 
imágenes de un cuerpo plástico de objeto capaz de satisfacer directamente 
esa «lujuria». Ahora empiezan algunos con que los bombardeos no están 
siendo tan eficaces como se esperaba, pero ¿en qué eficacia están pensando? 
Aquí también, al señalar cómo la política de su país se ha convertido en 
«psiquiatría», la lucidez de Sontag da la clave para interpretar el 
verdadero fin de los bombardeos de Afganistán: su alta eficacia 
psicoterapéutica para las almas norteamericanas. Ya Kissinger sabía 
bastante de esto cuando trataba de sanar lo que él llamaba 
«autoflagelación» y restaurar «el sentimiento de autoafirmación nacional» 
con prevenciones como ésta, referida a Oriente Medio: «No podemos permitir 
que armamento americano sea derrotado por armamento soviético en una 
batalla importante».
Pero esta servidumbre del poder ejecutivo de tener que satisfacer 
constantemente los sentimientos de la opinión pública es resultado de la 
evolución de los procedimientos electorales, descrita por Max Weber 
(«Economía y sociedad», 2ª parte, cap. IX, sección IX, § 4), que llegó a 
transformar la naturaleza de la democracia misma. Se trata de la conversión 
de los partidos en «empresas» análogas a las empresas comerciales, mediante 
el desarrollo de una «máquina» electoral, dirigida por el «boss» -«un 
empresario de tipo capitalista», que «no tiene «principios» políticos 
fijos, carece por completo de ideología y sólo pregunta ¿qué es lo que 
proporciona votos?»-, que conduce la campaña electoral hasta la «convención 
nacional» del partido, en la que se designa el candidato, y -dato 
especialmente relevante- «sin intervención de los parlamentarios». En la 
medida en que el candidato -y después presidente- queda puesto en contacto 
directo y exclusivo con el electorado, Weber designa la figura así surgida 
con el nombre de «democracia plebiscitaria».
El condicionamiento del poder ejecutivo que la democracia plebiscitaria 
impone en grado especialmente fuerte en los asuntos de política exterior es 
lo que en 1955 lamentaba Walter Lippmann como «democratización de la guerra 
y de la paz». Estos dos rostros de Jano los veía aherrojados de este modo: 
el primero por la denodada resistencia de la opinión pública frente a la 
perspectiva de una guerra, que sólo podía allanarse pintando al enemigo 
como «la encarnación viviente del demonio», o apareciendo él mismo de este 
modo (Pearl Harbor); pero esto, una vez logrado, endurecía a su vez el otro 
rostro de Jano: era imposible contentar al pueblo con cualquier paz que no 
significase el más total aplastamiento: «El pueblo -dice Lippmann- gusta de 
oír que cuando el enemigo haya sido forzado a una capitulación sin 
condiciones, todo discurrirá como una nueva Edad de Oro; que esta guerra 
acabará con todas; que su victoria habrá salvado la civilización; que la 
cruzada convertirá a la democracia al mundo entero». Y cito estas palabras 
no tanto porque sean, de paso, curiosamente apropiadas para el trance 
actual, sino más bien porque los rasgos que dan del «populismo bélico» 
describen cabalmente la transfiguración de la guerra entre partes en guerra 
escatológica, que aproxima la democracia plebiscitaria al totalitarismo 
comunista o fascista, y porque insinúan también el efecto de «catarsis» que 
es propio de la guerra en general.
Esas grandiosas representaciones que son la Civilización, la Cultura de 
Occidente y en especial la inextinguible pitonisa hegeliana que es la 
Historia Universal son los fantasmas que, en diferente proporción, componen 
la alegoría escatológica pintada en cada bandera; así, el fantasma de la 
Civilización parece el predilecto en las banderas de la democracia, en 
tanto que el de la Historia Universal, en modo alguno ausente en la que 
acabo de mentar, predomina, no obstante, hasta tal punto en las insignias 
de los totalitarismos fascista o comunista que las figuras de la Cultura de 
Occidente y de la Civilización pueden llegar a verse reducidas a comparsas 
o incluso excluidas de la alegoría representada. En cuanto a la catarsis 
producida por la guerra, empieza en una explosión de euforia moral 
colectiva, en un repentino «cargarse de razón», que, paradójicamente, no 
suele derivarse de bienes prodigados, sino, en un grado incomparablemente 
superior, de daños padecidos, y que viene a equipararse cabalmente con la 
acumulación de un «capital moral», al modo de un HABER correlativo al DEBE 
del ofensor, y por lo tanto como un crédito o derecho sobre él o contra él. 
La catarsis expande el sentimiento de un «estado de gracia», cuyo carácter 
indivisiblemente colectivo es lo que hace de la guerra el trance de suprema 
plenitud de un pueblo en cuanto pueblo; pero este gregario e impersonal 
sentimiento de inocencia comporta, por eso mismo justamente, el grado 
máximo de simplificación de la conciencia, de depauperación moral; lo que 
es al fin lo que permite entender por qué en medio de toda la muerte y toda 
la destrucción imaginable la victoria, como una gran blasfemia, se enciende 
y se arrebata, enajenándose en el delirante arrobo de un nuevo amanecer. 
¡Perversa, abyecta, es esta impenitente mentira y maldición de que las 
Nuevas Eras florecen en los campos de matanza!