[Infomoc]Amadeo Martínez Inglés Escritor y coronel del Ejército español El rey golpista
Mikel
mkl en jet.es
Sab Feb 23 11:42:40 CET 2002
Amadeo Martínez Inglés * Escritor y coronel del Ejército español
El rey golpista
Un año más. Y van 21 desde que se produjera en España la célebre «intentona
militar» conocida popularmente como el 23-F (que sí tuvo mucho de intentona
pero muy poco de militar) y seguimos en este bendito país con la Jefatura
del Estado ocupada «constitucionalmente» por el, a todas luces, supremo
golpista que aprobó y autorizó la puesta en marcha de tan ridícula como
chapucera maniobra de salón institucional.
Sí, que nadie se escandalice y rasgue sus vestiduras por tamaña afirmación.
Hoy en día se puede decir ya con toda claridad y rotundidad, después de que
el año pasado por estas fechas salieran a la luz pública una vez más (en un
libro de investigación que no ha sido desmentido por nadie) las
complicidades de D. Juan Carlos en la trama político-militar que hizo
posible la mascarada de Tejero en el Congreso de los Diputados, que los
españoles tenemos en La Zarzuela desde febrero de 1981 a un verdadero rey
golpista, a una especie de predecesor sui generis del mismísimo Alberto
Fujimori que primero pretendió darse (y darnos a todos los españoles) un
autogolpe de Estado que salvara su corona de las iras de los generales
franquistas que amenazaban con destronarlo (y quizá fusilarlo) en la
primavera de ese mismo año 1981; después, cuando los acontecimientos en el
Palacio de la Carrera de San Jerónimo empezaron a no discurrir conforme a
sus precisas instrucciones regias, trató de abortar el operativo
abandonando a su suerte a sus compinches palaciegos (los generales
monárquicos Armada y Milans del Bosch); y, más tarde, cuando la acción real
de «desmarque» de la operación golpista (con tardío mensaje televisivo a la
nación de por medio) había conseguido engañar al sumiso y crédulo pueblo
español (aunque no a muchos militares que estábamos al tanto de sus
manejos), supo rentabilizar al máximo su ilegal maniobra palaciega
presentándose como el «salvador de la democracia», de las libertades
públicas y de la Constitución (que él mismo había infringido horas antes)
al haber conseguido valiente y magistralmente desactivar el intento
involucionista de un «pequeño grupo de militares y guardias civiles
nostálgicos del anterior régimen», según la amañada versión oficial del
momento.
Han sido necesarios bastantes años para que por fin la verdad, más tozuda
que nadie, haya podido despojarse de ese pesado ropaje de sombras,
secretismo y misterio que le hicieron a medida los cancerberos del sistema
monárquico franquista y para que pudiera ser presentada sin tapujos ante
los sorprendidos ojos de millones de ciudadanos españoles de buena fe que,
intoxicados durante lustros por los medios de comunicación del Estado y
crédulos por antonomasia ante los interesados mensajes del poder, siempre
se han mostrado proclives a aceptar como buena la machacona versión oficial
que justificaba a su manera los confusos y chapuceros actos que tuvieron
lugar en Madrid, Valencia y otras ciudades españolas aquel 23 de febrero de
1981.
Sí, ha tenido que pasar mucho tiempo (el cambio espectacular en la opinión
pública empezó a producirse el año pasado cuando ante la publicación
descarada de los entresijos del pseudogolpe del 23-F el aparato
entontecedor del sistema poco pudo hacer) para que por fin determinados
medios de comunicación (los menos, todavía) y la gente en general hayan
empezado a hablar sin miedo sobre tan delicado tema. Aunque no todos los
comentarios hayan sido, la verdad, especialmente beligerantes con la
astracanada de palacio auspiciada por el todavía rey de España y sus
cortesanos de uniforme. Como el que tuve la oportunidad de escuchar hace
escasos días a un probo ciudadano de a pie: «Sí, es cierto que nos
engañaron con esto del 23-F pero al fin y al cabo tener todos estos años en
la Jefatura del Estado a un rey presuntamente golpista (figura ciertamente
inédita en la historia de España) tampoco ha sido especialmente negativo
para los españoles dada la paz y prosperidad de las que hemos disfrutado.
Nuestros antepasados tuvieron en el trono a reyes felones, estúpidos,
idiotas, putañeros, borrachos, hasta traidores a la patria, y reinas con
furor uterino que diezmaban los cuerpos de guardia reales... y, sin
embargo, supieron adaptarse a la situación, convivir con ellos y hasta
alcanzar épocas históricas de relativa grandeza y bienestar. No conviene
por lo tanto sacar las cosas de quicio».
Es una postura como cualquier otra, y digna de respeto. Pero centrémonos de
nuevo en el evento que hoy conmemoramos. Durante todos estos años la
inmensa mayoría estuvimos convencidos de que teníamos en la cúspide del
Estado (por expreso deseo del dictador Franco, eso sí) a un monarca
ejemplar, de origen «cuasi divino», inviolable, irresponsable, deportista,
defensor de las liberta- des y de la democracia, ejecutor magnífico de una
modélica transición política sin parangón en la historia... y de pronto nos
enteramos, por mor de una exhaustiva investigación realizada en lo más
recóndito del estamento castrense español, que de todo eso nada, que este
hombre de bragueta fácil como todos los Borbones, campechano y populista,
de sonrisa abierta y lectura monocorde, amante de las motos y de los yates
multimillonarios (como cualquier rey que se precie, por otra parte)... fue
el que nos montó el «numerito» del 23-F utilizando para la ocasión a sus
fieles edecanes palaciegos de gorra de plato y sable; más que nada para
salvarse él del afán de ven- ganza de un puñado de generales franquistas
que, no estando muy de acuerdo con la «traición» del mozuelo (que había
jurado los principios fundamentales del Régimen fascista español) al
supremo caudillo que lo había puesto en tal alto puesto, andaban
organizando un verdadero golpe militar (de esos con fusilamientos y
desapariciones inme- diatas) para poner en marcha en una emblemática fecha
de primeros de mayo.
Pero con ser muy grave la actuación del rey al margen de la Constitución,
que pudo degenerar en enfrentamiento armado dentro del Ejército e incluso
en una guerra civil si los sectores más ultras de las FAS adelantan su
órdago primaveral a la tarde-noche del 23-F ante el alarmante vacío de
poder, lo que reviste de verdadera importancia el asunto es que el monarca
se valiera de su condición de rey y de su cargo de jefe supremo de los
ejércitos españoles para intentar salvar su corona como fuera, recabando la
ayuda de sus fieles, de sus militares de palacio, de los servicios se-
cretos del Estado, de la cúpula castrense... para luego abandonar a su
suerte a los que se la habían jugado por su señor. Que como todos sabemos
pronto serían condenados manu militari, y sin que el rey moviera un dedo
para paliar sus exageradas condenas, a de 30 años de cárcel.
Un esperpento palaciego tan peligroso como el 23-F, no puede pasar a la
historia a beneficio de inventario. Y, por supuesto, no puede volver a
repetirse. Con un rey irresponsable, o con el larguirucho ex novio de Eva
Sannum en la Jefatura del Estado. Y para ello sería muy conveniente que,
pasados ya veintiún años, el Parlamento español (ahora que están tan de
moda las comisiones de Investigación) lo estudiara de una vez por todas en
profundidad para depurar las responsabilidades (históricas en este caso) en
las que hubiera podido incurrir la más alta magistratura de la nación. Una
democracia europea no puede seguir un solo día más con el pesado lastre de
una "divinidad irresponsable" (que evidencia, por lo demás, muy humanas
debilidades y hasta clamorosas carencias personales) ostentando la suprema
representación del pueblo soberano sin que nadie, salvo el dictador que
todos recordamos, la haya elegido para tan trascendental tarea. Una
«divinidad», además, ciertamente peligrosa para el conjunto de la sociedad
puesto que llegado nuevamente el caso (el que hace un cesto hace ciento),
con total impunidad ya que es un «irresponsable institucional nato», puede
sentir otra vez tentaciones de pasarse la Constitución (su Constitución)
por el arco del triunfo, patrocinando algún otro chapucero y ridículo golpe
militar palaciego para su exclusivo beneficio; que no tendría por qué
acabar tan bien como el que nos «regaló» a los españoles hoy hace
exactamente veintiún años. *