[Infomoc] Las paradojas del pacifismo HENRY KAMEN

Mikel mkl en jet.es
Mar Feb 25 18:39:18 CET 2003


Las paradojas del pacifismo
  HENRY KAMEN
EL MUNDO
Nosotros estamos en contra de la guerra», nos aseguraba un amigo, «somos 
pacifistas». El día antes, yo había presenciado en la televisión imágenes 
de gente empujándose y luchando entre sí para conseguir subir al tren que 
iba a llevarlos a Barcelona para asistir a la manifestación de «No a la 
guerra». Al día siguiente, la prensa mostraba imágenes de un actor airado 
que tachaba a su gobierno de fascista. Una indignada oradora levantaba el 
puño al aire, en señal de que la lucha contra Franco todavía no había 
acabado. Entrevistado por la cámara, un exaltado hablador aseguraba que la 
lucha solamente estaba empezando. Parecía como si regresáramos al siglo 
pasado, y que la gran lucha contra el totalitarismo estuviera por comenzar.

Los gritos y el enfado de los disertantes me recordaron las palabras del 
gran filósofo británico, Bertrand Russell, cuando nos advertía que en 
tiempos de pre-guerra «son las grandes concentraciones las principales 
responsables de la hiperexcitación emocional colectiva». La colectiva 
emoción del 15 de febrero en España fue lo bastante importante como para 
hacer creer al líder del PSOE que su futuro político estaba con la gente de 
la calle, y no con las resoluciones de la comunidad europea. ¿Pero 
significa esto que Zapatero se ha convertido en pacifista, y rechaza la 
guerra como una solución al problema de Irak?


El pacifismo es una vieja y loable parte de la tradición socialista. 
Bertrand Russell fue un distinguido pacifista de su época, sufrió a causa 
de sus opiniones, y fundó la Campaña para el Desarme Nuclear, que inspiró 
en los años 60 a miles de personas en Inglaterra a marchar en protesta 
contra la guerra. Fue un movimiento pacifista masivo que influenció al 
partido laborista, en cuyas filas milité. Esa Campaña dejó de existir hace 
ya mucho tiempo, porque había alcanzado en cierta medida uno de sus 
objetivos, que era limitar la posesión de armas nucleares. El pacifismo de 
Russell era un pacifismo sofisticado, que reconoció en todo momento la 
necesidad de defenderse contra el mal. Fue un pacifista en la Primera 
Guerra Mundial, pero apoyó activamente la resistencia al nazismo en la 
Segunda Guerra. «Tal y como se encuentra el mundo en la actualidad», decía 
hace tanto tiempo como en 1959, «y considerando el desarrollo actual, no 
sólo de las armas nucleares sino de los agresivos químicos y biológicos 
modernos, la raza humana no logrará sobrevivir por mucho tiempo si no 
hallamos algún modo de asegurar que no estallará ninguna guerra».


En otras palabras, la labor del pacifismo no es solamente evitar la guerra, 
sino también defender a la raza humana. Si prohibiendo las armas nucleares 
y biológicas se puede defender a la raza humana, entonces deben ser 
ilegalizadas. Pero si la raza humana tiene que defenderse mediante la 
lucha, entonces la guerra se hace inevitable. Russell admitía sin lugar a 
dudas que algunas guerras pueden ser justas, sobre todo guerras de 
autodefensa, o guerras contra agresión. Me temo que el filósofo se habría 
hallado en dificultades ante el tema de la guerra contra Irak, pero al 
menos habría intentado ofrecer un análisis razonado e imparcial. Eso, 
desafortunadamente, no está ocurriendo hoy con el caos de opiniones que 
están confundiendo el problema de Irak.


La exaltación que a tantos atenaza tiene el semblante de una exaltación 
provocada por la guerra y la amenaza de guerra. En la mayoría de países 
europeos, las voces, el enojo, y la pasión expresan la explosión de una 
largamente contenida urgencia por liberarse de la tensión. Los políticos se 
entusiasman, e imaginan que están reviviendo la pasión de la confrontación 
entre las fuerzas del progreso y las fuerzas de la reacción. Un director de 
cine de pie ante una audiencia de miles en Madrid se imaginaba que como 
Eisenstein estaba a punto de crear una nueva gran película sobre la lucha 
entre el bien y el mal. Toda esta tensión acumulada, todas las protestas, 
no tienen la apariencia de pacifismo. Más bien parece una emoción 
colectiva, del tipo que Russell mencionaba.


Y el fenómeno no se limita a España. Acabo de mirar los periódicos rusos, y 
parece que tienen el mismo problema sobre los movimientos anti-guerra, las 
mismas tensiones y temores. El movimiento «No a la guerra» es 
internacional. Pero sería un error creer que todas las protestas en el 
mundo tienen el mismo carácter. En realidad, son radicalmente diferentes. 
Las protestas en EEUU, por ejemplo, tal vez sean más pequeñas, pero vienen 
inspiradas por la inquietud sobre la política de su gobierno. Un ejemplo es 
el debate público celebrado en la Universidad de Nueva York el 22 de 
noviembre del año pasado, y los acontecimientos culturales que se están 
celebrando durante este mes en la Universidad de Duke. Los organizadores en 
Duke presentan películas de Cuba, Siria y Libia e invitan «a todos los que 
creen en el diálogo de la cultura -y en particular a los que no creen en 
él- a ir y sumergirse en las obras de arte de todos los lugares a los que 
EEUU gustaría aniquilar». Es una llamada a la razón, en contra de las voces 
de guerra.


En España, por otro lado, algunas de las protestas en apariencia pacifistas 
de estos días no han podido ofrecer más que afirmaciones vagas contra la 
guerra y contra Estados Unidos. La cuestión es que en España ese pacifismo 
se desmoronó como consecuencia de la Guerra Civil de 1936-1939, y no se 
volvió a establecer una nueva hipótesis de acción. El pacifismo empezó a 
desarrollarse a través de la clara convicción que, ante una guerra, todo lo 
que una persona justa podía hacer era oponerse y negarse a ir a ella; una 
certeza que se puso en duda a medida que la guerra española se fue 
desplegando. José Brocca, el precursor antimilitarista español, huyó de 
España y murió en el exilio en México. Albert Einstein, que se hallaba en 
Estados Unidos cuando en 1936 estalló la Guerra Civil, comentó que no 
lamentaba su apoyo anticipado a la resistencia a la guerra; solamente 
argüía que los métodos para alcanzar la paz se deben necesariamente adaptar 
a las condiciones cambiantes. Se movía, en resumen, hacia la posición de 
Russell.


Han surgido comparaciones con el modo en que los pacifistas de los años 30 
se opusieron a cualquier guerra contra los dictadores, y por tanto, 
irónicamente acabaron ayudándoles. Gracias en parte a los pacifistas y la 
aceptación de las acciones de Hitler, dicen las críticas, Alemania pudo 
emprender una devastadora guerra que finalmente costó al menos 30, o más 
probablemente 50 millones de vidas humanas. Gracias a los políticos no 
intervencionistas de Europa, Franco ganó la Guerra Civil española, y la 
Unión Soviética pudo armarse. Los que entonces apoyaron el pacifismo, y no 
se preocuparon por las consecuencias, estuvieron ciertamente muy 
equivocados. Pero en 2003, el mundo es muy distinto, gracias a las 
consecuencias del 11 de Septiembre, y me parece que no se pueden aplicar 
las mismas críticas del pacifismo. Pacifismo hoy es una opción firme y 
creativa.


Sin embargo, en la Guerra Civil española no había mucho espacio para 
pacifistas: la única pasión era la lucha, o bien contra el ejército y los 
poderes fascistas o bien contra el Partido Comunista y sus aliados 
soviéticos. En consecuencia, España no desarrolló una tendencia pacifista 
importante, y la palabra pacifismo corre hoy el riesgo de caer en manos de 
políticos que buscan apoyo popular en vigilia de elecciones.


El peligro de este pacifismo politizado es que una cosa es marchar en 
protesta contra una posible guerra y la otra es proponer soluciones a esa 
guerra. Es muy fácil proclamar que todos estamos en contra de la guerra, 
porque la verdad es que todos somos contrarios a ella. ¿Pero quién se 
ocupará del problema de desarmar Irak? Ese es el gran fallo de las 
demostraciones de la calle: denuncian la guerra, pero no procuran ninguna 
solución.


Uno puede correctamente oponerse a la política norteamericana sin caer en 
el vulgar antiamericanismo que emerge en España y en buena parte de Europa. 
Sin embargo, muchos de los que protestaban en las calles de España el 15 de 
febrero eran en gran parte indiferentes a la realidad de la actual 
situación. Su propósito era simplemente protestar. Era un espléndido 
ejercicio de democracia. Pero conducía solamente a la terrible 
contradicción en que la propia opinión pública española se halla hoy.


Según las últimas encuestas, la mayoría de españoles «cree que Sadam tiene 
armas de destrucción masiva, está relacionado con Al Qaeda y es un peligro 
para la paz mundial». Al mismo tiempo, sin embargo, piensan que no debería 
hacerse nada al respecto.Esa es una actitud que contradice todos los 
principios del pacifismo, sentido común y responsabilidad moral. Pacifismo, 
si comprendo correctamente a Bertrand Russell, implica la responsabilidad 
moral para combatir la violencia por medios pacíficos.


En las circunstancias del año 2003, uno no sólo tiene el derecho sino 
también el deber de cuestionar si una guerra es deseable. Pero ser 
pacifista, y aceptar los medios pacíficos, nunca excluye la necesidad de 
resistir a la violencia. Si es necesario, a través de la guerra. Esa fue la 
lección que manifestó Dietrich Bonhoeffer, el pastor luterano pacifista que 
los nazis colgaron en 1945, a causa de su resistencia activa a la tiranía, 
y es recordado por todos como una de las grandes figuras morales del siglo XX.


Henry Kamen es historiador. Acaba de publicar su obra Imperio.