[Infomoc] ¿Qué busca Bush en Irak? William R. Polk

Mikel mkl en jet.es
Dom Feb 29 18:20:37 CET 2004


Anque EEUU proclama AUNQUE BUSH PROCLAMA su intención de salir de Iraq, la 
verdad es que quiere dominar el panorama de la energía mundial a través del 
petróleo
¿Qué busca Bush en Irak?

William R. Polk, miembro del Consejo de Planificación Política del 
departamento de Estado durante la presidencia de John F. Kennedy, analiza 
en La Vanguardia lo que él cree son las verdaderas intenciones de la 
Administración Bush en Mesopotamia.


Entre los pueblos de Oriente Medio suele tenerse a los egipcios por los 
poseedores de una mayor perspicacia política. Una anécdota que refieren 
sobre su propio gobierno puede resultar ilustrativa sobre lo que sucede 
actualmente en Iraq. Cuenta esta historia que, poco después de la muerte de 
Nasser, su sucesor, Anuar El Sadat, subió al coche de Nasser a dar una 
vuelta. Al llegar a una bifurcación, el conductor inquirió si debía tomar 
el camino de la derecha o de la izquierda. Indeciso, Sadat preguntó qué 
solía hacer Nasser. El conductor respondió que Nasser siempre optaba por la 
izquierda (en este punto los egipcios siempre prorrumpen en carcajadas de 
complicidad porque en todo momento tuvieron a Nasser por un izquierdista 
comprometido con la reforma agraria, la compra de armas a Checoslovaquia y 
el fomento de la industria estatal). Sadat, astuto como siempre, tras 
pensarlo un instante indicó al conductor que señalara con el intermitente a 
la izquierda y girara a la derecha.



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La Administración Bush ha encendido a su vez su propio intermitente 
proclamando que su intención es salir de Iraq. No obstante, su proceder 
apunta en una dirección muy distinta.

Ha subrayado la cuestión relativa a la seguridad, basada en una fuerza 
militar a gran escala que se prevé que no se limite a permanecer en el país 
hasta que funcione alguna forma de organización política, sino que 
permanezca a lo largo de varios años. El hecho de que se hayan habilitado 
varias bases semipermanentes e importado gran cantidad de material muestra 
a las claras que esta fuerza militar no es de naturaleza únicamente 
temporal. Las previsiones de este dispositivo militar se refieren a una 
permanencia en el país durante un futuro indeterminado.

Las repercusiones psicológicas y políticas del acento en la seguridad 
revisten aún mayor importancia que la mera presencia física. La presencia 
de nutridas fuerzas armadas fomenta las reacciones hostiles en cualquier 
país, extremo que los norteamericanos deberían saber atendiendo a su propia 
historia. Cuando los extranjeros dan muestras de gran poderío, la población 
autóctona rebosa de ira.

Y rebosa de cólera hasta el día en que, efectivamente, comienza a repartir 
golpes contra los extranjeros en su suelo. Los extranjeros suelen 
reaccionar acentuando aún más la seguridad. Ya se trate de restos de un 
régimen hecho trizas o de precursores de un nuevo movimiento –tanto da–, 
los enemigos autóctonos son terroristas, fuerzas guerrilleras o 
delincuentes. Debe perseguírseles hasta dar con su paradero para 
encarcelarlos o acabar con ellos.

Si dirigimos una mirada retrospectiva a la historia y observamos 
actualmente en nuestro derredor, podemos comprobar la existencia de un 
proceso casi de carácter mecánico. Su primera fase consiste en la búsqueda 
de la seguridad. En ella, la oposición autóctona intenta amargar hasta tal 
punto la vida de los extranjeros en su territorio que se vean obligados a 
abandonarlo. Así sucedió con los norteamericanos en Vietnam, con los 
franceses en Argelia y con los británicos en sus colonias en todo el mundo. 
El rasgo común de todas estas experiencias es que la población autóctona no 
otorga legitimidad alguna a la presencia extranjera.

Los extranjeros, si no media un consenso relativo a su presencia en el país 
que ocupan, se hallan en la imposibilidad de alcanzar el objetivo de la 
seguridad de modo que, en la última fase del proceso, compueban que han de 
pagar un precio demasiado alto –desde el punto de vista político, militar y 
económico– por su permanencia en el país. En consecuencia, como los 
norteamericanos en Vietnam, los franceses en Argelia y los británicos en la 
mayoría de los territorios de su imperio, se marchan.

El dilema actual que la anécdota egipcia pone de relieve radica en que al 
menos algunos responsables de la orientación de la política norteamericana, 
reconociendo el dilema en que se hallan, miran la forma de quedarse sin 
dejar de proclamar, al propio tiempo, su propósito de marcharse. Pero los 
iraquíes, que vivieron bajo la férula británica y experimentaron sus 
consecuencias tanto de forma directa (de la Primera Guerra Mundial a 1932) 
como indirecta (de 1932 a 1958) conservan una viva conciencia de la 
diferencia entre las apariencias y las acciones. Por tanto, al menos una 
parte significativa de la población seguirá repartiendo golpes contra las 
fuerzas de la coalición hasta que éstas abandonen el país.

Según estas previsiones, cabe preguntarse: ¿por qué no se marchan los 
norteamericanos sin más preámbulos? Las respuestas suscitan las cuestiones 
más complejas que concurren en el Iraq actual y no han sido dilucidadas.

La primera razón radica, en pocas palabras, en que la sociedad 
norteamericana consideraría una retirada precipitada de EE.UU. como un 
importante fracaso de la Administración Bush. Es lo que aconteció con la 
retirada norteamericana de Vietnam. Irritados ciudadanos norteamericanos se 
dedicaron durante años a achacar a enemigos nacionales la pérdida de la 
guerra enfrentándose a la realidad de una derrota deshonrosa. Toda una 
generación norteamericana creció bajo esta losa.

La segunda razón consiste en que las iniciativas norteamericanas desde la 
primera guerra del Golfo de 1991 –y especialmente desde la invasión del 
2003– no se han quedado en un simple cambio de régimen, sino que han 
contribuido a la desintegración de Iraq como país. Kurdistán vivió aislado 
de Iraq durante un decenio y existió prácticamente como un Estado aparte. 
Aunque el sur de Iraq, de población predominantemente chiita, no se vio 
separado tan abiertamente de Iraq, de hecho se le trató como un caso aparte 
dada su peculiar situación de control derivado de la zona de excusión aérea 
y creciente dependencia económica del contrabando con Irán, Kuwait y Arabia 
Saudí.

Por tanto, en la actualidad, los norteamericanos se encuentran en la 
tesitura de, o bien intentar remendar el país, o de fracturarlo aún más. 
Ahora caen en la cuenta de que ninguna de las dos alternativas resulta 
atractiva.

Recomponer el país comportará la enemistad de los kurdos. Hasta ahora han 
gozado de autonomía. Confundir la mayoría árabe chiita con la minoría árabe 
suní –hágase lo que se haga con los kurdos– enfurecerá a una u otra de 
estas dos comunidades. En caso de aplicarse algún tipo de representación 
proporcional, esta iniciativa incomodará a los suníes, que durante mucho 
tiempo han gobernado el país. Si el actual intento de constituir asambleas 
consultivas permite a los suníes recobrar el poder, los chiitas se 
enfurecerán. Sin embargo, las cosas aún pueden tomar un rumbo peor si el 
país sufre un proceso de balcanización. Será un país compuesto de pequeños 
y frágiles fragmentos, pero también rico en petróleo y rodeado de vecinos 
más fuertes que tratarán de dominarlo.

Considérese, en primer lugar, Kurdistán. Ni Turquía ni Irán –países 
convencidos de que el control del Kurdistán es esencial para su seguridad– 
dejarán que continúe viviendo en su aislada posición. Turquía teme que aun 
en el caso de un Kurdistán con un estatus similar al de la autonomía se 
corre el riesgo de que pueda constituir una base de operaciones de las 
guerrillas kurdas contrarias a Turquía. Y tanto Turquía como Irán 
observarán avaramente los recursos petroleros del Kurdistán iraquí.

El sur de Iraq, por su parte, no puede definirse tan nítidamente desde el 
punto de vista geográfico o social como Kurdistán. En la mayor parte de su 
territorio, suníes y chiitas conviven estrechamente. Ahora bien, tanto 
desde el punto de vista cultural como religioso, la mayoría chiita mantiene 
estrechas relaciones con sus homólogos chiitas de Irán. Irán intentará –y a 
ello le alentarán los chiitas iraquíes– desempeñar un papel dominante en la 
zona, lo que atemorizará a Kuwait y a otros estados del Golfo, ya que Irán 
–a lo largo de su historia– ya ha intentado dominarla. Además, más allá de 
las consideraciones culturales, religiosas e incluso estratégicas, pesan 
importantes incentivos económicos para que adopte esta postura: el sur de 
Iraq se sienta sobre enormes reservas de petróleo, mientras que las suyas 
propias disminuyen.

Por último, Bush ha subrayado repetidas veces que la idea fuerza de su 
Administración es la de combatir el terrorismo. Y un Iraq balcanizado, 
compuesto de estados o entidades políticas de poca monta, recelosas y 
recíprocamente hostiles –aunque potencialmente ricas– podrían suministrar 
el semillero perfecto y también las bases operativas del terrorismo.

Más allá de estos factores de carácter político, cultural y de seguridad, 
existen poderosos incentivos económicos para que EE.UU. se quede en Iraq. 
Aunque la reconstrucción de las estructuras hechas añicos costará a los 
contribuyentes norteamericanos tal vez medio billón de dólares, canalizará 
miles de millones de dólares hacia las arcas de empresas norteamericanas. 
No es ningún secreto que estas empresas mantienen estrechos lazos con la 
Administración Bush.

Y, abundando en las cuestiones que asoman en el horizonte económico, surge 
la cuestión del petróleo. Iraq, como ha subrayado el subsecretario de 
Defensa, Paul Wolfowitz, nada en un mar de petróleo. Sus reservas, aunque 
nunca se han reconocido las cifras, superan probablemente las de Arabia 
Saudí y desde luego son mayores que las de Kuwait o de Irán. Producir 
petróleo en Iraq es mucho más barato que en cualquier otro lugar del mundo. 
Y mientras los yacimientos petrolíferos se agotan en todo el planeta, Iraq 
constituye la única fuente que puede arrogarse la condición de poder 
atender la creciente demanda de petróleo prevista en los próximos decenios. 
Aunque no existen cálculos precisos sobre la demanda, ésta se situará en 
torno a los 30 a 40 millones de barriles diarios suplementarios de 
petróleo. Dado que Arabia Saudí produce actualmente 10 millones de barriles 
diarios, la demanda de nuevas fuentes de producción equivale a tres

o cuatro nuevas Arabias Saudíes. Por tanto, EE.UU. –desde sus bases en 
Iraq– se hallaría en condiciones de establecer el nivel de la producción 
petrolera iraquí y de controlar la del Golfo, pudiendo en consecuencia 
dominar el panorama de la energía mundial.

Por tanto, y aunque el intermitente del vehículo de la política 
norteamericana indica la salida de Iraq, tanto las acciones que se 
emprenden como los objetivos de ésta apuntan en una dirección completamente 
distinta.




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