[Infomoc] ¿El mundo es plano?,Paul Kennedy

Mikel mkl en euskalnet.net
Mar Mayo 24 00:31:32 CEST 2005


¿El mundo es plano?
Paul Kennedy es director de Estudios de Seguridad Internacional de la 
Universidad de Yale.
© Media Tribune Services, Inc, 2005. Traducción de News Clips.
EL PAÍS - Opinión - 23-05-2005
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. Ésas eran las 
memorables
palabras de Charles Dickens al comienzo de Historia de dos ciudades. Algunos
expertos creían que el vaso se estaba desbordando, otros temían que se 
estuviera
vaciando rápidamente. La sociedad y la política globales, o bien estaban
progresando de la forma más favorable o bien se les avecinaban 
dificultades. Los
lectores de la época de Dickens tenían que elegir, al igual que tienen 
que hacer
hoy en día. No es de extrañar que tantos estudiosos de las columnas de 
opinión
se quejen de las variadas interpretaciones de las tendencias globales.
Hace poco pensaba en este rompecabezas mientras leía detenidamente el último
libro de Thomas Friedman, The World is Flat: a Brief History of the 21st
Century. Es una obra convincente, escrita por alguien que probablemente 
sea el
corresponsal de prensa más conocido desde el legendario Walter Lippmann.
Friedman es el gran corresponsal de asuntos exteriores de The New York 
Times,
y ha ganado el Premio Pulitzer de periodismo en tres ocasiones. El 
propietario de
The New York Times le ha dado a Friedman carta blanca para viajar por 
todo el
mundo, visitar lo que le apetezca, entrevistar a quien pueda (la mayoría 
de los
líderes políticos y empresariales le reciben de inmediato), y luego 
redactar sus
sucintos y anecdóticos artículos de opinión. Es extremadamente eficaz a 
la hora
de describir una entrevista con un nuevo presidente de una empresa de 
software
en la India, o con el director de un centro de investigación de Maryland
especializado en redes de información global. Y le fascina la conexión 
interna de
nuestro mundo gracias a la tecnología electrónica aplicada a la 
informática. Por
eso cree que el mundo se está volviendo cada vez más plano; es decir, 
que las
sociedades, las naciones y las clases se están volviendo más iguales, más
intercambiables y más prósperas. Procuro no citar la nota publicitaria de la
sobrecubierta de un libro, pero hay una frase en la edición que he 
estado leyendo
(Allen Lane: The Penguin Press, Londres 2005) que debe repetirse: "El 
inicio del
siglo XXI será recordado, asegura Friedman, no por conflictos militares o
acontecimientos políticos, sino por toda una nueva era de globalización, un
'aplanamiento' del mundo". Todos pareceremos Silicon Valley, o Bangalore,
plagados de ingenieros informáticos.

De verdad espero que mi amigo Friedman tenga razón en su optimismo. Dice
mucho en su favor que reconozca que pronto los ingenieros informáticos de
Sheffield y Pittsburgh podrían verse perjudicados por sus homólogos en 
Malaisia
y Mysore. Pero por el momento yo, como dijo una vez George Bernard Shaw,
echo mano de la cartera por si me quieren jugar una mala pasada. Es 
fácil quedar
muy impresionado por una visita a las instalaciones de software y 
hardware en
auge del sur de la India y las provincias costeras de China. ¿Quién no iba a
estarlo? Esas vastas regiones, cada una con más de 1.000 millones de 
habitantes,
se están expandiendo a una velocidad extraordinaria. Es probable que los
historiadores comparen esta explosión económica con el ascenso de Amsterdam
en el siglo XVII, el gran progreso de la industria alemana antes de 1914 
y la
transformación de la economía rusa en los años treinta. Y ahí, naturalmente,
reside el problema. Con nuestras transformaciones económicas globales, 
llegan,
no un "aplanamiento", sino turbulencias, preocupaciones, el miedo de perder
terreno frente a otras naciones, las ambiciones de ganar terreno. Además 
de las
transformaciones económicas y comerciales, que estudiantes de la economía
política como Lenin consideraban una especie de ley del crecimiento 
económico
desigual, están los antagonismos residuales, intensos y no económicos. 
Porque
en este globalizado planeta nuestro existe un vertiginoso caldo de enfados y
desconfianzas.
En mi opinión, ahora mismo vivimos en un mundo realmente turbulento. La
ciénaga de Irak y Afganistán no mejora; desearíamos que mejoraran, y que las
tropas estadounidenses pudieran regresar a casa (para ser desplegadas en 
otro
lugar). Dios sabe dónde estarán Arabia Saudí, Egipto, Indonesia o Pakistán
dentro de cinco años, pero guarden su dinero en francos suizos. La Rusia de
Putin se está acercando al límite. Como afirmaba un titular del 
International
Herald Tribune el 8 de abril, el crecimiento de las fuerzas armadas chinas
comienza "a preocupar al Ejército de EE UU", lo cual supone, si es 
cierto, una
ratificación de una realidad desagradable que podría haberse reconocido 
hace 15
años. Otro informe de la prensa internacional dice que China tendrá 
derecho a
bases navales en Pakistán. Ahora, nos enteramos de las manifestaciones 
masivas
en Shanghai y en otros lugares contra Japón, que sin duda habrían sido
reprimidas si la República Popular China no hubiera querido que se 
produjeran,
y las respuestas cada vez más airadas de Japón a esas acciones. Con toda
probabilidad, esto embarrará el trabajo colectivo de las grandes 
potencias en
torno a la intolerable postura de Corea del Norte y su incumplimiento de 
las leyes
internacionales. Mientras tanto, el Gobierno sudanés tolerará alegremente la
continuación de las masacres de cristianos y habitantes animistas de Darfur,
protegido por la desidia de los poderes de veto chino, ruso y francés en 
el Consejo
de Seguridad para acordar una intervención, y por la antipatía de la 
Casa Blanca
hacia la Corte Penal Internacional. Y el sida avanza en África y Asia, 
día a día.
Todo es muy triste.
El mundo no es "plano". Ni tampoco está totalmente descoyuntado. Es una
vertiginosa mezcla de noticias positivas y negativas. Algunos países del 
mundo
están consiguiendo verdaderos avances, pero otros se deslizan por la 
pendiente
de la desintegración civil, la anarquía y el desastre. Los lectores que 
no hayan
estado en Irlanda, Portugal o Costa Rica en 30 años se quedarían 
boquiabiertos
con su progreso. Quienes recuerden el Zimbabue, el Sudán o la Birmania 
de hace
tres décadas, quedarán consternados ante su regresión. Pero siempre ha 
sido así.
Los dos grandes tratados de la Europa anterior a la I Guerra Mundial 
fueron el
libro del general Bernhardi Germany and the Next War, que predecía la
inevitable lucha futura entre las grandes potencias, y The War of 
Illusions, de
Norman Angell, en el que pronosticaba que, debido a que el mundo estaba tan
interconectado económicamente, no podía permitirse ir a la guerra. El 
mejor de
los tiempos, el peor de los tiempos. Lamentablemente, ambos convivían, como
ocurre en la actualidad. Realmente es un mundo extraño. Uno coge el 
periódico y
lee, especialmente en las secciones de negocios, sobre esta o aquella 
adquisición
empresarial. Uno va a las noticias internacionales y parece haber 
problemas por
todas partes. Sin duda, ambas imágenes son exageradas. Hay lugar para 
grandes
esperanzas, y motivos para la aprensión. Pero, ahora mismo, no creo que el
mundo sea plano, y ni siquiera que se esté aplanando. Sigue siendo bastante
desigual.


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