[Infomoc] Un blogero de viaje en Eslovenia reflexiona sobre la guerra

Mikel mkl en euskalnet.net
Mar Ago 2 17:25:38 CEST 2005


http://lobo.lamatriz.org/?p=30


Lecciones sobre guerra y tecnología (souvenir de Eslovenia)

La Primera Guerra Mundial nunca me pareció una guerra que mereciera la 
pena estudiar. La primera idea que me ha venido siempre a la mente son 
esas imágenes en blanco y negro de campos arrasados llenos de 
enfangandos cráteres de proyectil y trincheras. Generales educados en 
las más rancias tradiciones del siglo XIX mandaron masas de soldados 
avanzando en campo abierto para ser segados por las ametralladoras. Sólo 
el primer día de la batalla del Somme, el 1 de julio de 1916, murieron 
20.000 soldados británicos y más de 40.000 fueron heridos o capturados. 
Cuando la ofensiva aliada se estancó en noviembre las bajas se elevaban 
a 420.000 por parte británica y 195.000 por parte francesa. En la 3º 
batalla de Ypres, en el verano de 1917, se perdieron 325.000 soldados 
aliados para ganar menos de 10 kilómetros. A pesar de que el balance de 
víctimas de la Gran Guerra es inferior al de la Segunda Guerra Mundial 
aquella quedará siempre asociada a carnicerías enormes y absurdas. No es 
casualidad que haya tan pocas películas que la tengan por escenario y la 
única realmente grande sea “Senderos de Gloria”.

La cuestión es que todos los avances de la Segunda Revolución Industrial 
habían hecho posible la movilización de grandes masas de soldados a 
grandes distancias, la producción en masa de municiones y el aumento de 
la letalidad del armamento. Los precedentes de las Guerras Balcánicas, 
la del Sudán o la Ruso-Japonesa habían mostrado que la letalidad de las 
armas del momento convertían en suicidas las viejas tácticas de oleadas 
de infantería avanzando al descubierto. Pero las enseñanzas de esas 
guerras periféricas no fueron tenidas en cuenta por los líderes 
militares. El frente occidental se convirtió en una picadora de carne en 
la que ningún bando consiguió imponerse al otro. Cuando el frente 
occidental se estabilizó las trincheras llegaban desde el Mar del Norte 
a Suiza, lejos de los tiempos napoleónicos en los que una sola batalla 
tipo Waterloo resolvía una guerra. Al igual que las grandes 
corporaciones industriales de la época, la maquinaria militar se 
convirtió en un mastodóntico aparato burocrático y centralizado. Las 
ofensivas se hacían estableciendo horarios precisos para el martilleo de 
la artillería y luego el posterior avance de la infantería. La 
iniciativa propia que se saliera del guión sólo podía conducir al desastre.

Ese era el gris panorama bajo el que siempre había considerado a la Gran 
Guerra. Pero de camino a Eslovenia, entre el avión a Venezia y el tren 
hasta Ljubljana, fui leyendo “The Sling and the Stone” de Thomas X. 
Hammes. Hammes trata la evolución de la guerra a partir del modelo de 
las generaciones (de la 1ª a la 4ª) y cuenta como en medio de la Primera 
Guerra Mundial fue el alto mando alemán el que comprendió primero que 
las nuevas tecnologías requerían nuevos esquemas mentales, nuevas formas 
de hacer la guerra y nuevas formas de organización. Por ejemplo, la 
aparición de tropas de asalto (sturmtruppen) que usaban el sigilo, la 
sorpresa y la velocidad.

Tras la guerra los alemanes emprendieron una profunda autocrítica 
sacando la conclusión de que una de las claves de su derrota había sido 
la incapacidad del alto mando de comprender el cambio tecnológico y 
llevar la necesidad de un cambio de la cultura militar hasta sus últimas 
consecuencias. De eso hablaremos otro día. Pero hubo al menos un lugar 
donde los alemanes apoyando a sus aliados austríacos consigueron romper 
el frente aliado: Caporetto (o Karfreit, en alemán), un pueblecito al 
pie de los Alpes Julianos que hoy forma parte de Eslovenia. Allí, a la 
actual Kobarid, me llevó Nastja el pasado miércoles 20, para visitar el 
museo de guerra.

Por aquellas montañas un joven oberleutnant al mando de la 2ª compañía 
del Kögniliche Gebirgsbatallion Wüttemberg (Real Batallón de Montaña 
“Wuttemberg”) entre los días 25 y 26 de octubre de 1917, en 22 horas, 
capturó 9.000 soldados italianos. El oficial en cuestión había aprendido 
la importancia de la improvisación, la velocidad y la iniciativa libre. 
Había llegado a la conclusión de que sobre el campo de batalla los 
oficiales de menor rango tienen que tener libertad de decisión porque 
son los más cercanos a la acción. Lo puso en práctica varias veces. Para 
enfado suyo fue un oficial superior el que se llevó el mérito por sus 
hazañas en lo que se conoció como la 12ª batalla de Isonzo (Soča, en 
esloveno). Pero cuando el empuje austro-alemán llegó a territorio 
italiano volvió a protagonizar hazañas parecidas y consiguió la 
condecoración “Pour le Mérite” que consideraba le había sido arrebatada. 
Para desazón suya, años más tarde, Edwin Rommel se encontró con los poco 
combativos italianos no de enemigos sino de aliados. Pero por aquel 
entonces se le conocía como el “Zorro del Desierto”, pero esa es otra 
historia…



Más información sobre la lista de distribución Infomoc