[Infomoc] Un conflicto enquistado GENERAL JOSÉ ENRIQUE DE AYALA

Mikel mkl en euskalnet.net
Dom Oct 7 18:57:23 CEST 2007


TRIBUNA: Un conflicto enquistado GENERAL JOSÉ ENRIQUE DE AYALA
Hacia una solución política

GENERAL JOSÉ ENRIQUE DE AYALA 07/10/2007
 elpais.es


La comunidad internacional tiene un doble interés en Afganistán. 
Primero, evitar que los talibanes recuperen el poder y restablezcan un 
Estado islamista radical que sea de nuevo sede y apoyo para el 
terrorismo yihadista de Al Qaeda, con la consecuente amenaza para 
Occidente. Y segundo, ayudar a sus atormentados habitantes a reconstruir 
un Estado fuerte y democrático, con un nivel suficiente de seguridad, 
bienestar y libertad.

El orden no es casual. Es difícil determinar cuál de ambos objetivos es 
primordial, sobre todo porque la prioridad varía de país a país -e 
incluso dentro de cada uno de ellos- pero, en cualquier caso, están 
claramente interrelacionados, ya que si fracasa el segundo objetivo 
también lo hará el primero. Ésta es la razón política -además de las 
puramente éticas- por la que la reconstrucción y la ayuda al desarrollo 
deben prevalecer sobre las opciones militares.

Han pasado seis años desde el lanzamiento de la Operación Libertad 
Duradera y la constitución de la Fuerza Internacional de Asistencia a la 
Seguridad (ISAF). Aunque en ese tiempo ha habido ciertos progresos, la 
situación en Afganistán puede calificarse de mala, siendo generosos. El 
Gobierno de Karzai, minado por la corrupción y la ineficacia, está lejos 
de controlar un país en el que -además de los talibanes- numerosas 
milicias armadas campan a sus anchas bajo las órdenes directas de los 
señores de la guerra -muchos de ellos antiguos componentes de la Alianza 
del Norte-, que no respetan en absoluto la autoridad del Gobierno central.

Las previsiones del Acuerdo por Afganistán, alcanzado en la conferencia 
de Londres el 31 de enero de 2006 -que diseñó un calendario de 
reconstrucción y estabilización con el horizonte de 2010- no se están 
cumpliendo. Ni la policía ni el Ejército nacional afgano han alcanzado 
la mínima capacidad para controlar la situación.

Los esfuerzos de reconstrucción han tenido un impacto muy limitado en 
las provincias, especialmente en las infraestructuras. Los servicios 
esenciales -agua potable y electricidad- siguen sin llegar a la mayoría 
de la población fuera de Kabul y no se ha conseguido mejorar el nivel de 
vida de los afganos que subsisten en gran número gracias al cultivo de 
opio, el cual alcanzará este año, según la agencia de Naciones Unidas 
contra las drogas y el crimen organizado, el 93% de la producción 
mundial, con más de 8.000 toneladas. Un 34% más que el año pasado, con 
el que se financian los señores de la guerra, los talibanes y buena 
parte de los funcionarios gubernamentales.

La intervención en Afganistán no ha frenado la actividad terrorista de 
Al Qaeda, que sin este refugio ha sido capaz de promover atentados como 
los de Bali, Madrid y Londres, entre otros. La actividad de los 
talibanes en el territorio afgano, lejos de reducirse, ha ido en 
aumento, especialmente en las provincias de Helmand, Kandahar y Uruzgán; 
pero no sólo en ellas, como desgraciadamente sabemos. Los atentados con 
bomba y los ataques armados se han triplicado desde el año 2005. Las 
bajas de la coalición internacional han ido aumentando año tras año 
hasta alcanzar actualmente más de 750 entre la Operación Libertad 
Duradera (OEF) e ISAF. Y varios miles de afganos -el número varía mucho 
según las fuentes- han muerto por las armas desde 2001, entre ellos 
muchos civiles, incluidos niños. Cada vez un mayor número de estas bajas 
civiles están siendo producidas por las fuerzas internacionales, 
especialmente por el apoyo aéreo a los combates de las fuerzas de 
operaciones especiales de EE UU, lo que unido a la falta de mejora del 
nivel de vida está empujando a buena parte de la población afgana hacia 
un mayor rechazo del Gobierno de Karzai y de las fuerzas extranjeras y 
un mayor apoyo a los talibanes, que tienen cada vez más presencia y 
están extendiendo sus acciones por buena parte del país desde sus 
tradicionales feudos en las provincias del sur.

La comunidad internacional, que ha invertido hasta ahora 10 veces más en 
gasto militar que en reconstrucción y ayuda al desarrollo, tiene que 
plantearse seriamente qué hacer en Afganistán para tratar de revertir 
drásticamente la situación. Algunos abogan por aumentar la presión 
militar incrementando el número de tropas allí desplegadas, pero es más 
que dudoso que ésa sea una solución a largo plazo. Actualmente, la ISAF 
dispone de unos 35.000 efectivos, a los que habría que sumar los más de 
7.000 de la OEF que se mantienen bajo mando de EE UU. En la década de 
los ochenta, la Unión Soviética llegó a tener más de 100.000 soldados en 
el país asiático sin conseguir dominarlo.

No es fácil determinar cuántos soldados harían falta realmente para 
conseguir un control efectivo del país, incluidas sus fronteras, pero 
baste decir que en Kosovo, con una superficie 60 veces más pequeña y una 
población 15 veces menor que Afganistán, la OTAN tuvo desplegados 50.000 
efectivos en el periodo más critico. ¿Estarían dispuestos los países que 
tienen tropas en el país asiático a desplegar 300.000 o 400.000 soldados 
durante un periodo indeterminado de tiempo?

Si no es así, las opciones están claras: retirarse; mantenerse como 
hasta ahora, asistiendo a un deterioro progresivo de la situación sin 
perspectivas ciertas de lograr una real estabilización del país; o 
explorar las vías para buscar una solución más realista. En este 
momento, la retirada de las fuerzas multinacionales sería una 
catástrofe. Si se produjera, la guerra civil estallaría de nuevo 
inmediatamente con altas probabilidades de que el país quedara dividido 
o cayera por completo en manos de los talibanes, lo que no ayudaría 
precisamente a que los afganos decidieran libremente su futuro, además 
de suponer un fracaso de la OTAN -y en general de la comunidad 
internacional, incluida la ONU-, que daría alas al radicalismo islamista 
y al terrorismo internacional yihadista.

No obstante, la acción militar por sí misma no va a resolver el 
problema. Se puede contener a los talibanes durante cierto tiempo y 
minimizar los daños que causan, pero una victoria sobre ellos -en el 
sentido clásico de la palabra- es impensable a largo plazo, al menos 
mientras no se impermeabilice la frontera con Pakistán, algo 
prácticamente imposible si no se cuenta con una implicación absoluta de 
este país y muy difícil aun contando con ella. Por cada 100 combatientes 
que pierdan, habrá detrás otros 1.000 salidos de las madrazas (escuelas 
coránicas) paquistaníes dispuestos a sustituirlos. Y a medida que las 
acciones sean más violentas por ambas partes, y se produzcan más bajas 
civiles, menor apoyo tendrán Karzai y la presencia de fuerzas 
multinacionales entre la población.

Es necesario, por tanto, buscar una solución política realista -mientras 
se tiene el control militar de la situación- que permita diseñar un 
futuro estable para Afganistán. Esta solución sólo puede pasar por la 
revisión del Acuerdo por Afganistán alcanzado en la conferencia de 
Londres para conseguir un nuevo acuerdo político interno que integre a 
todas las fuerzas políticas en presencia, incluidos aquellos sectores de 
los talibanes que estén dispuestos a renunciar a la violencia a cambio 
de su participación en la dirección del país, en línea con las recientes 
iniciativas del presidente Karzai. La condición exigida por los 
talibanes, la retirada de las fuerzas multinacionales, es inaceptable, 
ya que cambiaría radicalmente la relación de fuerzas existentes en 
perjuicio del todavía débil Gobierno afgano y permitiría a los talibanes 
recuperar el poder.

Pero negociar con ellos, desde una posición de fuerza, un calendario de 
desarme e integración política, que sería seguido de una retirada 
progresiva de las fuerzas internacionales a medida que el acuerdo 
entrase en vigor y el escenario se fuera estabilizando, lejos de ser una 
muestra de debilidad lo sería probablemente de visión política y 
madurez, aunque será difícil conseguirlo.

No todos los talibanes son terroristas y su situación tampoco es fácil. 
El entorno del mulá Omar -que ya ha tenido responsabilidades de 
Gobierno- podría ser sensible a explorar un acuerdo. La integración de 
la mayoría de los talibanes, con el peso político relativo que 
democráticamente les corresponda y que no les permitiría imponer su 
radicalismo político y religioso al resto de la sociedad afgana, 
contribuiría a debilitar en gran medida a aquellos que continuaran con 
las actividades armadas y permitiría consolidar el Estado afgano con el 
objetivo de que deje de ser, de forma permanente, una amenaza para la 
seguridad internacional y pueda ofrecer a sus ciudadanos un futuro 
mejor. Por su parte, la comunidad internacional debería apoyar el 
proceso multiplicando sus esfuerzos en la reconstrucción civil y la 
ayuda al desarrollo porque una mejora sensible en el nivel de vida de 
los afganos hará más por la paz que varios miles de soldados.

Esta solución tampoco sería viable si no contase con el apoyo explícito 
y sincero de los países fronterizos con Afganistán, incluidos 
Tayikistán, Uzbekistán y Turkmenistán -origen de minorías de distinta 
importancia en el país- pero sobre todo de Pakistán, que es sin duda el 
más importante, y de Irán, que podría jugar aquí -por su probada 
hostilidad hacia los talibanes- un papel estabilizador con el que 
empezaría a salir del ostracismo internacional al que está sometido. Si 
todos estos países alcanzaran un acuerdo y se comprometieran a 
garantizar la estabilidad del Estado afgano con el respaldo de la 
comunidad internacional, se abriría sin duda una puerta de esperanza 
para la solución definitiva del problema. No olvidemos que por razones 
culturales, históricas y religiosas, jamás un país occidental podrá 
tener una mínima parte de la influencia que sobre la sociedad afgana 
pueden tener las naciones de su entorno.

Lo único que puede hacer el compromiso militar de los países actualmente 
implicados en el teatro afgano es ganar tiempo. El mejor servicio que 
podemos prestar a Afganistán, y a nosotros mismos, es aprovechar ese 
tiempo para poner en marcha una solución política posible, teniendo en 
cuenta la realidad del país y de su región, que permita estabilizar la 
situación en grado suficiente antes de que su deterioro y la presión de 
la opinión pública en nuestros países nos obliguen a abandonarlo a su 
suerte en peores condiciones que las actuales.
Libertad Duradera

El 7 de octubre de 2001 Estados Unidos y Reino Unido, a los que se 
unieron después Canadá y otros países, lanzaron -basándose en las 
resoluciones 1.368 y 1.373 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas- 
la Operación Libertad Duradera (OEF) con el objeto de destruir o 
capturar a los miembros de Al Qaeda responsables de los ataques del 11-S 
y, de paso, acabar con el régimen talibán que los amparaba.

El 20 de diciembre de ese mismo año, la resolución 1.386 creaba la 
Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) con la 
finalidad de proporcionar seguridad en Kabul y sus alrededores para 
permitir el desarrollo de las instituciones políticas, tal como estaba 
previsto en el Acuerdo de Bonn firmado el 5 de diciembre por todas las 
fuerzas políticas opuestas al régimen talibán.

En agosto de 2003 la OTAN se hizo cargo del mando de ISAF que comenzó su 
expansión por el resto del país hasta asumir, en octubre de 2006, la 
responsabilidad de todo el territorio y, con ella, la misión -prevista 
en principio sólo para OEF- de combatir a los talibanes.



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